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PREGÓN  DE  LAS  FIESTAS DE  “SANTA BÁRBARA  2006"

POR 
 
D. JOSÉ ANTONIO RODRÍGUEZ GONZÁLEZ


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            Señor Alcalde, Señor Presidente del Centro Democrático de Máguez, Señores miembros de la Junta Directiva, vecinos, vecinas, amigos, amigas y familiares, muy buenas noches a todos.

             Sr. Presidente, deseo expresarle mi gratitud por haberme concedido el honor de ser el pregonero de estas fiestas.

               A todas y a todos los aquí presentes vaya por delante mi agradecimiento por acompañarme en este acto tan entrañable y que da paso al comienzo de lo que serán las “Fiestas de Santa Bárbara”. 

Muchos son los recuerdos  que desde que tengo uso de razón permanecen en mi mente, unos con más nitidez y otros parecen diluirse ya que el tiempo pasa inexorablemente.

             El tiempo pasado es el que nos da la experiencia, nos define la personalidad, nos hace reflexionar de cómo éramos y nos marca las pautas de lo que queremos ser.         

            Pero hoy no he venido a  hablarles ni de presente ni de futuro, sino de tiempos pretéritos que han forjado a lo largo de los años las  vivencias que me ha tocado vivir en este singular pueblo de Máguez.           

            A ti Santa Bárbara bendita, cuya festividad conmemoramos, y a los que me escuchan, patrona de Artillería, arquitectos, albañiles, cavadores de tumbas,  de mineros, bomberos, pirotécnicos, asesinada muy joven por tu propio padre por abrazar la religión cristiana, les dedico este pregón a sabiendas de que el pueblo de Máguez  al igual  que lo hacía cuando era un niño siempre te venerará y te recordará. 

            No sería honrado por mi parte si en estos momentos no recordara a mi padre, fallecido ya hace once años. 

 Como saben los vecinos y vecinas de Máguez, mi padre dedicó gran parte de su tiempo a esta Sociedad. 

 Permanece en mí el recuerdo de sus madrugadas para rellenar el libro de la cuota de socios, para realizar las actas de las juntas, hacer las invitaciones por las fiestas a las demás sociedades y autoridades, y además todos aquellos escritos que hubiera que hacer. Mi padre, hombre que sabía de cuentas, de caligrafía casi perfecta, gran lector, escribía a máquina muy bien. Dicha máquina que se la trajo mi tío Juan Pepe de Venezuela, todavía la conservamos. Animado por él y con un método que tenía  también aprendí a escribir con cierta fluidez,  cuando tenía  unos trece o catorce años.  

            Mi padre como recordarán los del lugar tuvo un bar enfrente mismo de esta Centro Democrático. 

El destino quiso que naciera en “El Valle de las Diez mil palmeras”,  un trece de Abril de mil novecientos cincuenta y cinco en el seno de una familia modesta, en la casa de mis abuelos maternos, Daniel y Francisca, al lado de donde se encuentra actualmente el Centro de Salud de Haría. María Luisa fue la  que asistió a mi madre en el parto, mujer experimentada en estas lides y que vivía muy cerca de donde nací.                       

            De mi infancia en Haría, en la Cruz, recuerdo a mis amigos, Anselmito, el hijo de Anselmo y a Andrés Barreto Concepción, entre otros. Como anécdota les puedo decir que Félix de León tenía un burro con cara de pocos amigos, como se diría hoy día con mala milk. Pues bien, el citado burro estaba amarrado por un lado de la casa y Andrés le hizo alguna mataperrería  en sus partes nobles. El burro le dio una coz en todo el pómulo, no sé si izquierdo o  derecho, pero todavía conserva la cicatriz  de semejante patada. 

            En la jabonería que estaba en la Cruz existía un carrito, supongo yo para cargar el jabón. Nosotros disfrutábamos un montón montados en él, carro va carro viene.           

            Máguez, pueblo laborioso y constante en sus obligaciones cotidianas marcaban el ejemplo de una esplendorosa agricultura, por las cosechas de papas, por sus granos, por sus excelentes vinos, por sus frutos secos (higos porretos, higos de higuera), por sus tabacos, por sus cebollas, por sus tomates o por sus extraordinarios quesos que se los vendían a unos comprantes de Ye. 

            La trilla era otra de las actividades que recuerdo muy bien ya que desde muy temprano había que ir recorriendo la vecindad para traer los burros  o algún que otro camello para formar la cobra. Siempre se les ponía un sálamo. A nosotros los niños nos tocaba ir  detrás de los burros para que mantuvieran el ritmo: vueltas y vueltas….           

            El descamisado de piñas en la era con esas montañas de millo parecía que nunca se terminarían. Por la mañana temprano y por la tarde, con la fresca, eran las horas apropiadas para realizar esta actividad. 

             Fueron nuestros antepasados los que con tesón, esfuerzo y sacrificio y con la ayuda inestimable de burros y camellos los que transformaron un paisaje de piedras en terrenos agrícolas.           

            Posteriormente eran los tiempos, en el que  un grupo de muchachos fuertes   llenaban el camión de Marcelino o de Feliciano de arena o picón a base de pala. El  picón de La Capellanía, como saben muy bien las personas de Máguez,  es el más apreciado  para la agricultura.

            Fruto de la actividad agrícola y económica en Máguez existían numerosas tiendas a saber: la de Celestino, la de Juan Cejudo, Juan Rafael Betancort, Emilia, Juan Villalba, Salvador Borges y Manuel Lasso.           

            Panaderías como la de Pedro Pérez y Sebastián Fernández.

             Zapateros como: Juan Rafael Betancort y Jesús de León, José María García y Juan Pepe Acosta.

            Barberos como Zenón Luzardo.

            Herrería como la de Maestro Fermín.

            Carpinteros como: Juan Perdomo, Manuel Sicilia y Juan Curbelo

            Existía una molina: la de Ventura con Gregorio Figuera  como molinero.

             Yo nunca fui a la escuela en Haría. Los quehaceres agrícolas de mi padre y de mi madre estaban en Máguez y por consiguiente desde que tuve la edad  siempre me llevaban a las Escuela de arriba o de las Casillas (en la actualidad Aula de la Naturaleza de Máguez).

             Mi maestro, don Juan Valenciano, que utilizaba un sombrero negro inclinado hacia delante que casi le caía sobre los ojos. Gran maestro, de caligrafía impecable se tomaba su tiempo para hacer aquellos trazos tan perfectos. Con él nos iniciamos en la lecto-escritura y en el conocimiento de los números.

             Yo soy zurdo hasta la médula, sin embargo a base de cogotazos y de no sé cuántas cosas más, consiguieron que  escribiera con la derecha. Estaba muy mal visto que una persona fuera siniestra.

            De vez en cuando para estar acorde con los tiempos de disciplina férrea se le escapaba algún coscorrón, entiendo yo, seguramente justificado. 

   Tengo muy presente a pesar de la corta edad, seis, siete años, la imagen de su esposa, doña Rosario, cuando le llevaba a la escuela el café y de paso El Maestro se fumaba su cigarrito que previamente liado lo encendía.

             Al lado, en otra aula,  teníamos a nuestras vecinas las chicas pero que con ellas no compartíamos nada, porque “los chicos con los chicos y las chicas con las chicas”.

             Posteriormente vendría D. Juan Berriel, maestro procedente de Mala. 

            Permanece presente en mi mente la imagen de aquellas mujeres de la Graciosa que pasaban por delante de la escuela con las cestas en su cabeza llenas de   samas, roqueras, meros  o bocinegros,  que tras subir el risco y pasar caminando desde Ye, llegaban a Máguez, pero que si no conseguían venderlo aquí continuaban para Haría.

             Vendido el pescado regresaban a la Graciosa haciendo el mismo recorrido, con las cestas a la cabeza de nuevo pero esta vez llenas de productos de la tierra, papas, lentejas, garbanzos, aceite, etc.,  ¡qué dura era la vida ¡.           

             Corría el año mil novecientos sesenta y tres  cuando nos instalamos definitivamente en Máguez en la calle Tahoyo.

             Sería por estos tiempos cuando recuerdo que me llevaron por primera vez al Puerto.

 Con relativa frecuencia acudían por aquellos tiempos  los  marchantes que llegados desde el Puerto  acudían a casa de mi abuelo Pedro y de otros que también tenían reses, como es el caso de tío Antonio (como le decíamos), el hermano de mi abuela, Mercedes, y padre de Ginés  y Lázaro Betanort  

            Con cierta asiduidad, por esta época era normal, ver caminando  grupos de personas de larga barba blanca, con turbante en la cabeza, a modo de toalla enrollada y vestidos que le caían  casi hasta el suelo (chilaba o túnica). Eran los “moros “, como se  decía, que procedentes de Mauritania, de Marruecos o del Sahara venían a vender  camellos. Nosotros los chiquillos les teníamos pánico.

            El Máguez que conocí, del fuerte olor a leña quemada cuando se cocinaba en los teniques, con los calderos ahumados, negros como tizones,  de los hierros para planchar, de la vela, el farol y el quinqué, de las piedras de cal, de las olorosas azucenas y de los claveles en flor, de los cabildos en la acera o al soco de la pared, de las historias que nos hacían saber y no sé si algo  más , conforman la realidad de un tiempo que  , para el bien de todos, seguramente, ha quedado atrás.

            Una vez finalizados los estudios iniciales en La Escuela de las Casillas nos trasladábamos  para la Escuela de abajo o de Los Llanos, donde  éramos más mayorcitos. Aquí las cosas se complicaban bastante, el nivel de exigencia era mayor.

             Debo informarles de que en Máguez existían cuatro Escuelas.

            Don Alejandro Olbés de Palma, que en paz descanse, hombre de profundas convicciones religiosas era el maestro. Hombre polifacético. Entre sus hobbies estaba la pintura, la pesca, la cacería con escopeta, sobre todo de pardelas en la época del aleteo. Construía sus propios barcos,  tuvo varios. Los cartuchos  también los preparaba él. Su gran amigo, era Señor Pablo, que como se sabe vivía muy cerca de su domicilio.

             Una vez se entraba en la escuela y llegaba el maestro todo el mundo de pie a persinarse y rezar. Eso era todos los días. A veces se cantaba el “Cara al sol con la camisa nueva que bordaste en rojo ayer…” ¡Qué recuerdos!

             Recuerdo que después de escribir el tema del día en la pizarra nos sentaba cerca de ella y repetíamos lo escrito. Con una caña pasaba los renglones y nosotros íbamos leyendo. ¡Pobre del que se despistara, se llevaba un cañazo!

               Por aquellos tiempos había que saberse la geografía española al dedillo (de Canarias muy poco), los ríos donde nacían, su recorrido, sus afluentes, desembocadura, etc., etc. En Matemáticas, multiplicaciones y divisiones con decimales, reglas de tres simples y compuestas, raíces cuadradas y cúbicas, problemas y un largo etc. En Lengua, entre otras cosas las reglas de Ortografía, verbos, oraciones, etc... En Historia, algunas cosas como, la Reconquista, los reyes godos y visigodos con Ataúlfo, Recaredo, Bamba, Don Rodrígo y otros etc. Tenía diez u once años. 

            A media mañana y por la tarde nos daban aquellos vasos de leche en polvo diluida con agua y un trozo de queso de bola. Era la época  del Plan Marshall.

             De vez en cuando aparecía  galopando en su elegante yegua blanca el Alcalde, D. Juan Pablo de León, supongo que para intercambiar impresiones y ver las necesidades con el maestro.

             Por su cumpleaños nos llevaba al Caletón Blanco.

              A D. Alejandro, los que lo conocieron, saben que era de corta estatura, pero él cada vez que se compraba unos zapatos nuevos hacía incrementar sus tacones.  

            Para los casos especiales, es decir, cuando algunos chicos hacían alguna gamberrada  que él consideraba merecedora de un  tratamiento diferente, cogía lo que denominaba “la vieja seca”, trozo de pírgano, que tenía colgado encima de la pizarra donde pintaba el dibujo alusivo al tema y daba sus buenos pirganazos. ¡Éramos duros como piedras!

             La merienda en nuestras casas consistía a veces en un puño de gofio con queso  picado, otras, pan untado con manteca de cochino y azúcar, tomates con gofio, a veces pan con chorizo de los caseros, después de la matanza, y pocas cosas más.

             Cuando paría alguna cabra mi madre guisaba el velete: los únicos que lo probaban eran mi hermana Marisa, mi madre y mi padre, a mi  hermano Jorge  Luis y a mí no nos gustaba ni el olor.  

            Por las fiestas de Santa Bárbara, celebración, el cuatro de diciembre, igual que en las de San Pedro el pueblo se transformaba. Un mes o mes y medio antes bajaban al Puerto para  comprar la tela para hacer los vestidos que se estrenarían por la fiesta.

            Había que lucir lo mejor en función de las posibilidades de cada familia. Las casas se pintaban de blanco y todo parecía tener un ambiente  y colorido diferente.

                        La Santa Misa y la solemne procesión con el repicar de campanas, con el fuerte olor a pólvora quemada de los voladores, con los monaguillos, Humberto y José Luis Pérez y alguno más,  marcaban el fervor religioso de una época en la que la participación popular se ponía de manifiesto.

             Es significativo señalar  que si las fiestas se consideraban religiosas no había baile, pero si por el contrario, se declaraban paganas, si había baile en la Sociedad, las mozas y mozos lo agradecían. 

            Diferentes competiciones y juegos se realizaban durante la festividad. Recuerdo el de la cinta, para lo cual se utilizaba una bicicleta, carrera de sacos, etc. Estos actos se celebraban en la plaza, enfrente de la Iglesia, que los más mayorcitos recordarán que estaba anexa a esta Sociedad y   cuyo camino estaba por supuesto sin asfaltar al igual que el resto de las calles del pueblo. Los niños y niñas teníamos la oportunidad de comprarnos helados, refrescos  y otras chucherías.  Las fiestas eran grandes a todos los niveles, pero quién más partido le sacaban, seguramente, eran los mayores. 

            Durante el mes de los difuntos venía a Máguez D. Enrique Dorta a rezar el Rosario, posteriormente, lo haría D. Eusebio.

             Por el mes de Mayo también se rezaba el Rosario.

             Los sermones de D. Enrique eran dignos de escucharse, por su ímpetu, coraje y entusiasmo. Fue un gran orador.

             Muchos de los jóvenes del pueblo animados por D. Enrique se fueron al Seminario aunque de Máguez no tengo presente que ninguno se hiciera cura. Lo que si significó fue la gran oportunidad para estudiar fuera y labrarse un futuro mejor en aquellos tiempos en  que las condiciones económicas eran difíciles y las posibilidades de estudiar  muy escasas.

             Disgusto que cogí cuando un día mi padre me comenta que aconsejado por D. Enrique me iba a mandar al seminario. Aquella noche no dormí. Menos mal  que  se le fue tan disparatada idea de la cabeza.

             Recuerdo con extraordinaria satisfacción los juegos que practicábamos de niño: el juego del pañuelo, el marro, el boliche, el aro, el escondite, a la guerra, al quemado, a veces al teje, el trompo,  fincho huevo, araña…al fútbol o mejor dicho darle patadas a algo redondo en una de esas calles de Máguez, 10 contra 10 o 15  contra 15, los que fueran.

               Máguez ha sido tierra de extraordinarios luchadores. En la verbena de la Sociedad, se celebraban excelentes luchadas. Por esos tiempos había una gran afición: Rafael Hernández, Pepe Camurria,  Celedonio (Nono), Jesús Viñoly, Luque, Ismael, Juan Domingo Villalba, Manolo el de Inocencia, Crisóstomo son algunos de los  que recuerdo.

             Nosotros, a veces, detrás de la Iglesia hacíamos nuestras luchadas amistosas, con Suso, Alfredo, Camilo, Juan Nicolás,  Humberto, José A. Barreto, Juan Antonio, etc.

             Mi afición a la bola viene  precisamente de cuando tenía nueve o diez años ya que Juan Antonio, hijo de Juan Perdomo, poseía un juego de madera que le había hecho su padre, carpintero (ambos fallecidos).

             Humberto y José Luis Pérez, José A. Barreto, Calixto y un largo etcétera éramos los que  practicábamos este juego.

              La carencia de juguetes agudizaba nuestro ingenio creativo así:   con las hojas de tunera construíamos camellitos y dromedarios, camioncitos con barandas y todo, barcos con sus velas respectivas; de la higuera o almendrero extraíamos una o varias cangas, como una y griega, apropiadas para construir los  tirachinas. La elaboración de gometas  adquirían un entretenimiento extraordinario fabricadas con el papel de los sacos de harina y con cañas muy bien cortaditas. Pegábamos el papel con harina diluida en agua. Le poníamos  rabos hechos con restos de ropas viejas. El hilo lo comprábamos en la tienda de Juan Rafael Betancort.

 Por  aquel entonces habíamos verdaderos especialistas en la caza de lagartijas. Cogíamos un balango y en el extremo le hacíamos una especie de anillo con un nudo corredizo y que una vez introducido por la cabeza del reptil y tirar quedaba atrapada.

                        Los domingos, la comida por excelencia eran los maravillosos pucheros y la sopita de gallina. Mi madre desde muy temprano, se ponía manos a la obra, porque tenía que estar terminada antes de ir a Misa. Era costumbre en nuestra casa y seguro que en otras también, a eso de media mañana nos escaldaba un poco de gofio con el agüita del puchero, le añadía unos garbanzos y en un plato a parte un poco de carne con algo de tocino. Esto nos sabía a gloria. A mis hermanos, Luis y  Marisa, les encantaba. Por estos tiempos mi hermano Pedro Jesús aún no había aterrizado en este mundo.

             Las mujeres al salir de Misa se ponían a dar paseos plaza arriba, plaza abajo cogida del brazo. No recuerdo bien si también  paseaban con algún novio. Lo que sí recuerdo es que por la tarde era cuando aparecían para enamorar. Se ponían guapetonas para deslumbrar a sus enamorados. 

            Los hombres, lo típico, echar la partidita a las cartas o a la  bola: Chano Ribera, Severo Villalba, Juan Torres, Pepito Feo, eran algunos ejemplos de buenos jugadores.

             Los domingos por la tarde, la mayoría de los niños y niñas de la época veníamos al cine (de Paco o de D. Luciano) en la Sociedad, donde se hacen  en la actualidad las obras de Teatro.  Nos ponían aquellas películas mejicanas, del oeste  o de romanos. Las interrupciones eran constantes, unas veces porque el motor se quedaba sin gasolina, otras porque se partía la cinta. Al salir del cine todos estábamos dando tiros, ¡ Qué tiempos!.

             Recuerdo como si las estuviera comprando ahora cuando íbamos a casa del Sr. Crisóstomo que tenía una tamarera para comprarles unas cuantas perrachicas de támaras. ¡Qué ricas!.

            En fin, nuestra infancia transcurría conforme a los tiempos que nos toco vivir. Creo que éramos felices a nuestra forma y manera de lo que había,  no se conocía otra cosa.

             La Navidad, con su portal de Belén, con San José, La Virgen, los pastores, los Ángeles, los villancicos y los versos  que recitábamos los niños en la Iglesia, el besapié, Rancho de Pascua, etc. completaban el sentir religioso de una época que se vivía con gran intensidad.

             La repostería por estas fechas adquiría un significado muy importante. Los mimos, los panes de mamí, los mantecados, las magdalenas ¡qué ricos! Unas veces en casa de Eugenia Torres, Manuel Bonilla o en la Panadería de Sebastián que poseían hornos de leña eran los lugares habituales para guisarlos por esta zona de arriba del pueblo.

             La noche de reyes era vivida con gran expectación, todo parecía agitarse un poco, esperábamos la visita de Sus Majestades Los Reyes Magos. Unos calzoncillos, alguna camisilla, un juego de pistolas de mixtos o una escopeta de esas con tapón o un balón de plástico eran los regalos que recuerdo.

             El Carnaval, fiesta pagana por excelencia, es otra de las vivencias de mi infancia. Juan Pedro Brito y yo nos disfrazábamos con ropas de nuestros padres o con alguna sábana nos cubríamos todo el cuerpo. Lo normal era ir con la cara tapada. Empezábamos nuestro recorrido por las Casillas. Siempre nos atendían muy bien. Nos regalaban dulces y también alguna copita de licor casero. Por estas fechas todo el mundo tenía dulces en sus casas. Luego continuábamos Casillas abajo hasta recorrer parte del pueblo. ¡Qué tiempos!

           La Semana Santa, seguramente, era la más solemne de las celebraciones, por cuanto significaba de recogimiento, de oración. Los Santos eran cubiertos con unos crespones de color púrpura (creo recordar), las procesiones en absoluto silencio encabezadas por el cura y los monaguillos, “el Vía Crucis”. El Domingo de Ramos era precioso ya que todo el mundo, grandes y pequeños, acudían a la Misa y procesión con los palmitos,  auténtica exhibición del ingenio decorativo. Existían verdaderas especialistas en la confección de estos palmitos. Mi abuela Mercedes era muy habilidosa.

             La radio, sólo emitía los informativos y música sacra. Los festejos estaban totalmente prohibidos. No se comía carne sino pescado, era pecado.

            La vida cultural y social se centraba en este Centro Democrático. Recuerdo, aquellas obras de teatro que con verdadero entusiasmo preparaban: teníamos y tenemos excelentes actores y actrices. Era relativamente frecuente que de otros pueblos viniera alguna compañía de teatro. También los nuestros salían fuera del ámbito municipal.

             Diariamente, por la tarde, acudían muchas persona del pueblo a leer el periódico provincial, o alguno de carácter insular como era, creo recordar “La Antena” en el sobrado de la Sociedad donde años más tarde pondrían la única televisión que existía en el pueblo, en blanco y negro, pero era tal la cantidad de rayas que tenía que apenas se veía. 

                Nuestros jóvenes varones eran adictos a la lectura de las novelas del oeste y nuestras féminas, sobre todo, a las de Corín Tellado.

               Cuando fallecía un vecino del pueblo, se  pagaba a una persona para que avisara a toda la vecindad; la bandera ondeaba a media asta. Resultaba tenebroso divisar desde la era de mi abuelo Pedro,  el cortejo fúnebre, de intenso negro, incluido el ataúd, subiendo por la cuesta de los Cascajos. Turnándose periódicamente llegaban hasta el cementerio.

             El luto que se guardaba por el familiar fallecido era más duro para las mujeres que para los hombres, pero duro para todos... Eran verdaderas penitencias así: por un padre/madre dos años vestidos de negro. Un hermano/hermana, un año. Un tío/tía, tres meses. Un primo hermano, mes y medio. Un primo segundo, once días. Esto significaba que no se salía a ningún evento importante. Tampoco se podía ir al baile.

             Las muertes de cochino o la matanza eran acontecimientos sociales y familiares importantes. Se necesitaba mucha mano de obra. Del cochino se aprovechaba todo. La carne, huesos y el tocino se salaban y se metía en garrafones, se hacía manteca, chorizos y morcillas (con la sangre del animal). Siempre asaban unos trozos de carne  cuando ya estaba medio descuartizado. ¡Qué gustosa era aquella carne ¡

                En mil novecientos sesenta y seis realizo mi examen de ingreso en el Instituto de Arrecife, hoy Agustín Espinosa.

             Tuve un retrazo de un año para iniciar el bachillerato a consecuencia de una pleuresía. Esta enfermedad tardó muchos meses en curarse. Juan Rafael Betancort, el zapatero,  fue el que me puso las inyecciones. Tenía su cajita metálica donde guardaba la aguja y la jeringuilla. Previamente a poner la inyección hervía todos esos objetos. 

            Delicada salud tenía yo cuando esto: pescadito blanco, sopitas de pichón eran algunos de los alimentos recomendados por D. Pancho el médico.

             Iniciamos los estudios de Bachiller en el Salón Parroquial allá por el año mil novecientos sesenta y siete: Delia Rodríguez, mi tía, Ernestina, Juana María González Rodríguez, Blanca, Carmen Martín, Juan Antonio Perdomo (fallecido), Nemesio, Rosa María Perdomo (fallecida), etc. eran algunos de los que recuerdo.

            ¡Qué sacrificios para estudiar! Por la mañana, caminando para Haría, al mediodía otra vez caminando para Máguez, Por la tarde la ida en guagua y la venida caminando de nuevo. Así día tras día. 

 Se da la paradoja de que aquí las clases eran mixtas, pero los recreos estaban delimitados. De la mitad de la Plaza de Haría hacia arriba para las chicas y la otra mitad hacia abajo para los chicos. 

            Para realizar el tercer curso ya pasamos  a estudiar en donde se encuentra en la actualidad la Residencia Escolar de Haría, permaneciendo aquí hasta sexto y reválida.

             Durante el periodo del Bachillerato y sobre todo después de que María Luisa Perdomo fuera la Directora, eran constantes los  “ejercicios espirituales “en Nazaret  y en alguna ocasión en la Florida.           

También de nuestro paso por el Instituto recuerdo el equipo de fútbol  fundado por D. José Domingo Pérez Núñez y cuyos jugadores entre otros estaban: Maximino Betancort, Manolo González Armas (el del Ancla), Humberto Pérez, Armando Bailón, Rogelio Montero Miralles, Gregorio Lemes Medina, José Hernández, Juan Pedro Hernández (alcalde de Teguise), Ramos, Teodoro, Felo Brito, José Francisco Pérez, Jaime, Ismael, Chago,  y el que les habla entre otros.

 A finales de la década de los sesenta aparece la LUZ en Máguez. Este  hecho significó uno de los avances más importantes por cuanto supuso la incorporación de ciertas comodidades que proporcionarían un bienestar, a la postre sin precedentes. El estudio era más confortable puesto que anteriormente lo hacíamos a la luz de una vela, farol o quinqué.  El pueblo abandona definitivamente las tinieblas en las que se encontraba inmerso.             

            La existencia de la Academia fundada por D. Enrique Dorta y la creación posterior del Colegio Libre Adoptado de Haría (el Instituto) como una extensión del Blas Cabrera Felipe, supuso para Máguez y Haría estar a la cabeza en el número de Universitarios y personas con diferentes carreras, siendo probablemente la de Maestro la más que predomina.

             Realizando una visión retrospectiva observamos como ha evolucionado la vida en general. Nuestros niños de hoy no han visto en su mayoría como nace un pollito o como pone un huevo una gallina. Los juegos electrónicos y  la televisión son los entretenimientos habituales que absorben el tiempo de nuestros niños, pero desgraciadamente, la carencia de valores de la sociedad actual sea el problema más grave que debemos resolver.

             Las máquinas para la agricultura han llegado cuando ya casi no existe la misma. Basta un simple recorrido por nuestros campos para darnos cuenta del abandono en que se encuentra. La agricultura está desde hace algunos años  en constante decadencia.

             Ya para concluir un deseo para la juventud de este pueblo: “que el esfuerzo de hoy en el estudio, la perseverancia, la constancia por conseguir los objetivos serán sin lugar a dudas el fruto que recogerán en un futuro próximo. Soy consciente de muchas cosas, entre otras de las dificultades, pero cuanto mejor estén preparados más posibilidades habrá de obtener pronto  la recompensa  por nuestro sacrificio y tesón “.  

            Felicidades a todas las Bárbaras.

       Espero no haberles defraudado.

             “Viva Santa Bárbara”

             Muchas gracias y muy buenas noches.

                         Máguez a dos de Diciembre de 2006

 


 

 
 
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