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PREGÓN  DE  LAS  FIESTAS DE  “SANTA BÁRBARA  2014"

POR   D.
Jesús Mª Santana de León



 

 

Señor Alcalde, presidente y directiva del Centro Democrático, convecinos de Máguez, buenas noches.

 Hace unos días, pasando delante  del ayuntamiento, coincidí con   el concejal y presidente de este Centro en el que nos encontramos, el cual al verme como saludo me dirigió estas solemnes palabras : ¡contigo quería hablar¡, así de repente, esa expresión hizo que  mi mente se bloqueara y  pensara en dos cosas: como concejal de turno me llamaba la atención por aparcar en línea amarilla o que pensara que al pasear delante de la institución buscaba algún puesto en la lista para las próximas elecciones.  Por suerte para mí ese mal pensamiento se derrumbó al oír la continuación:

 ¿Sabes que tenemos pronto las fiestas de Santa Bárbara?.

 Está bien que me lo recuerdes , pero…..

Lo que quiero decirte, es que hemos pensado en que seas el pregonero para las de este año.

Esta proposición me dejó sorprendido, y las únicas palabras que pude articular fueron: gracias,  déjame unos días para poder pensarlo al sosiego de la familia. Antes del fin de semana de doy una respuesta.

De vuelta a casa, ya con mi mente más centrada y con las neuronas en pleno actividad, ante esa propuesta me surgieron  muchas dudas:

¿Qué puedo decir en ese acto a los asistentes que no se hayan dicho mis antecesores?,

¿Recordar nombres, situaciones geográficas, hablar de oficios, etc?,

¿No sería eso reincidir en temas que otros ya trataron? 

¿Tendría suficiente  repertorio para  un acto de esta importancia?.

 Esas y  muchas más preguntas se me acumularon en mi cerebro. Pero había algo en el subconsciente que me animaba a romper esa barrera y que me decía:

 ¡Cómo vas a negarte a hablar  de  Máguez¡

 ¿Vas a tener esa duda hacia el pueblo que te vio nacer y vivir?.  El pueblo donde te has realizado como persona. El que te ha dado tus mayores alegrías, ese  en el cual conocistes a tus amigos de siempre con los que convivistes muchos años de juventud. Ese pueblo donde vivieron todos tus abuelos y tus padres, donde disfrutaste de una niñez  y una pubertad que han marcado tu vida, donde has formado una familia. El pueblo del que no se por qué sortilegio hace que regreses a él cada semana y  en todas las  vacaciones.  

¡Cierto,  imposible negarme¡, porque ES MI PUEBLO.

Si el pregonero era la persona que comunicaba al pueblo algún hecho notorio o aquel que inauguraba una celebración, ¿cómo puedo ubicarme en estas acepciones?.

En mi caso creo que no estoy muy cerca de ninguna de las dos y más aún en este siglo donde las telecomunicaciones dominan la trasmisión oral de antaño. Donde cualquier hecho notorio llega a cualquier receptor en breves momentos. ¿Qué puedo yo trasmitir, comunicar o contar a mi pueblo?. ¿Quizás anécdotas, recuerdos de antaño o mis vivencias en él?.

A ellos voy a hacer referencia en mi alocución de hoy.

Para hacerlos más vivos cuento con la colaboración de unos amigos, entre ellos una alumna del Instituto,  a los que agradezco que nos hagan revivir  esa música que en diferentes etapas nos acompañó. En esos momentos la palabra se convertirá en música y nos trasportará a esos años que quiero hoy hacer fluir en nuestras mentes.

No he querido centrarme en datos de nuestro pueblo y entornos, ni en trabajos de nuestros ancestros, como ya dije, ya bastantes comentados en otros que me antecedieron. Quiero que éste sea una vivencia de algo que tristemente estamos olvidando, que en algunos casos ya se han ido de nuestro intelecto  pero que quiero la rememoren conmigo desde sus asientos , volviéndonos a situar por unos momentos  en  esos años de necesidades pero que no por ello bastantes alegres, participativos y sobre todo, años en los que el pueblo tenía vida y digo eso porque nos veíamos de forma frecuente y participábamos en los actos que se organizaban, bien como meros espectadores o como partes involucradas de nuestro Máguez.

Siempre recogíamos o intentábamos  recoger la semilla que nuestros mayores sembraban, esa sapiencia que muchos añoramos que en algunos casos se ha perdido y que en otros está a un  paso de la desaparición o del olvido si no somos capaces de recoger y transmitir ese  sagrado fruto que nos acompañó durante nuestra niñez y gran parte de nuestra adolescencia.  Esa transmisión de conocimientos que se hacían de boca en boca,  de hecho en hecho, esa fe que nunca perdieron nuestros ancestros y que les mantuvo siempre firmes ante las adversidades e inclemencias.

Era  una lucha continua pero firme para mantener  la semilla de la esperanza, de la dignidad , del trabajo diario  (con que nosotros vivimos), ese paso osado, firme , atrevido , para  sacar el jugo a una tierra agradecida, que aún en épocas de hastío  siempre se veneraba porque ese poquito era el sustento de una familia, del pueblo,  de todo la comunidad. 

Esos valores son los que parece que para  nuestros adolescentes no tiene ningún significado. Triste realidad, aunque ese magnífico legado que nos fueron trasmitiendo año tras año, se va apagando con esta época de  las nuevas  tecnologías,  con el aletargamiento de nuestros jóvenes y de muchos de nuestros gobernantes que hacen que esta llama se esté extinguiendo cada vez más, que  nuestro pueblo no tengan ese destello  que les haga revivir y en definitiva ser el pueblo que sin necesidad de ningún rocío o lluvia intensa, sin impedimentos de ningún tipo,  resurja y vuelva a ser o por lo menos se parezca,  a ese que muchos vivimos.

El pueblo tenía  vida desde muy temprano ,  ese despertar  con el canto de los gallos, el balar de las cabras, el ladrido de los perros, ese paso pausado de los burros, ese saludo cordial de los vecinos, el olor a pan, eso es impagable e irreconocible hoy en día.

El ver la mayoría de los terrenos  cultivados (papas, cebollas,  frutas diversas, cereales, legumbres, etc,) ¡quién lo viera hoy¡, raro contarlo pero también el no vivirlo,  el olor  matutino de la  limpieza de corrales. ¡Ese era el otro  Máguez¡, era otra vida .  El ir cada día  con el burro a recoger  hierba, alfalfa, cebada, etc, para las cabras, o traer en  el vaso las lentejas, el millo , los chícharos que se hubiesen recogido previamente con el frescor del sereno  para evitar que perdiesen su grano. Era  una vida diferente pero que realmente los que la vivimos echamos algo en falta sobre todo esa tranquilidad, ese espíritu de sacrificio por supervivir y progresar con medios ínfimos,  era nuestra forma de sobrevivir  a una época.

Máguez, también  fue uno de los pueblos que hasta cierto punto podrían considerarse autosuficientes:

Teníamos sastrería, taller de costura, zapatería, panaderías, heladería  ambulante ( sobre todo los fines de semana y días de fiesta), molina de gofio, industria de transformación de la tunera para uso animal, tiendas, librería, bares,  un  joyero  que nos venía desde Arrecife algunos fines de semana, pescado fresco en coche de reparto por las calles del pueblo, tejidos diversos con vendedores ambulantes que iban de casa en casa, y también se practicaba el trueque con los vecinos de La Graciosa, les dábamos nuestros productos de la huerta o de los animales a cambio, muchas veces, de pescado fresco, de jareas, de pejines, etc y de alguna que otra pardela, bueno esto último se me escapó, espero que haya prescrito después de tantos años y no tengamos ningún tipo de problema o denuncia.

Creo que analizando todo con lo que contábamos en esos momentos,  nuestro alcalde,  podría reivindicar algún reconocimiento para este pueblo ya que como hemos observado  por los detalles mencionados,  fue el precursor de las grandes zonas comerciales. (por supuesto mucho antes que los Hiperdinos, Spar, o similares).

Mis palabras de esta noche van encaminadas  a  intentar despertar de nuevo el ánimo y la alegría, es decir la vida del pueblo con algunos de mis recuerdos que son los de muchos de ustedes, en diferentes etapas,  desde mi niñez hasta  bastantes años después de la adolescencia.

Vamos situarnos en dos puntos clave de nuestro pueblo: La Plaza y la Sociedad ( hoy llamado Centro Democrático), pero que para nosotros seguirá siendo la Sociedad.

La Plaza, lugar del paseo dominical tras la misa del mediodía ,  ¡cuántas  caminatas arriba y abajo  hacían nuestras mujeres cogidas del brazo¡, lugar de muchos de nuestros juegos, recordamos sobre todo los de nuestras fiestas principales : las carreras en bici para coger las  cintas, las manzanas en un caldero de chocolate que habían que sacarse con la boca ¡hay que ver como quedábamos en ese intento¡, las piñatas, etc  y cómo no, las carreras de burros. Aquí quiero contar el curioso caso que pasó con la burra de uno de nuestros vecinos. En una de las carreras que se organizaron por las fiestas del pueblo, al darse la salida este animal arrancó como Fernando Alonso, siguiendo un símil de fórmula uno, pero ella se marcó su propio circuito que no era otro que dirigirse a su corral , por más que el jinete intentó que retomara el camino, ésta siguió su rutina diaria pero sin respetar los límites de velocidad, sorteando  todos los obstáculos  que encontraba y gracias que en ese momento su cuadra estaba cerrada porque si no al jinete hubiese perdido algún miembro corporal. Por supuesto que dicho jinete pidió excedencia durante algún tiempo para recuperarse del susto.

De esta Plaza recuerdo además los olores de los diferentes bares y también las interpretaciones que domingo tras domingo nos hacía nuestro trovero particular (ya tristemente fallecido)  acompañado de  su guitarra. De él recuerdo que me hizo conocer la décima, también  llamada  punto cubano. Años después le insistí bastante para recopilar sus interpretaciones, pero para mi pesar nunca lo logré ya que una vez que dejó la guitarra no quiso saber nada más de música.

¡Cuántos recuerdos en nuestra plaza, hoy calle Portillo Bonilla¡

El otro lugar a destacar es la Sociedad, para algunos en momentos,  fue nuestra segunda casa. Allí es donde tuvimos nuestras mayores vivencias de juventud.

Pero, quiero ponerme un poco de orden. Vamos por etapas.

Para los pequeños la vida social y la diversión se compartía entre las calles de tierra y  la sociedad. Las calles sin asfaltar eran nuestros estadios de fútbol donde emulábamos a Iribar, Amancio, Tonono, es decir a nuestros Messis de la época. Eran también  nuestras canchas de bolas, nuestras zonas de juegos tradicionales ( el marro, la tángara, el boliche,  la cogida, el escondite, la piola, etc) ¡y como no¡, también eran los campos de batalla de nuestras guerras particulares.           

  De esa época infantil recuerdo las batallas que hacíamos en la calle Tahoyo o en la calle de abajo, después de ver las películas bélicas en nuestro querido cine ambulante. En ellas para que el disparo fuese efectivo pactábamos la distancia, en esos momentos lo misiles teledirigidos carecían de detonador.  Claro, esa distancia era efectiva según fuese el que disparara con nuestras armas sofisticadas( palmeras, pistolas que hacíamos con madera,  algún hierro  que previamente habíamos preparado en casa dándole forma de revolver, o cualquier objeto en desuso que nos pareciese útil para esa “guerra” ), como digo, el disparo a veces no era efectivo porque nuestro topógrafo particular decía que a esa distancia el tiro no le alcanzaba, y eso a pesar de afinar bien nuestra puntería y del esfuerzo que nuestros labios hacían para hacer el sonido del disparo, muchas  veces ese esfuerzo era infructuoso, y casi nunca teníamos buen final pues rara vez aceptábamos ser el perdedor.

El problema mayor que teníamos en nuestras batallitas de las calles,  era el intentar reproducir,  de la mejor forma posible, las películas del Oeste, esas de indios y vaqueros,  sobre todo el hacer las escenas de los días en que las películas comenzaban con los caballos y protagonistas con las patas para arriba y las cabezas hacía a bajo, ardua tarea nunca conseguida. Pero que en nuestro cine /sociedad si se lograba con la paciencia del operador de turno y la de los que asistíamos a la sesión, pues tenía que comenzar de nuevo dándole la vuelta a todo el royo de la película, para después reiniciarla. Ese momento sería  el descanso en los cines actuales pero al inicio de la sesión y sin palomitas ni refresco,

 No crean que todo eran tiros, después de las películas de Marisol, lo que tocaba era el  paseo con las chicas en la calle de abajo donde hacíamos nuestros enamoramientos particulares, por supuesto siempre a media tarde y nunca de noche.

De esta época “guerrera” eran también las partidas de cartas ( el burro, la brizca, la ronda robada, etc ), la música de la rocola,  los juegos en grupo, sobre todo el del fosforito en el cual descubríamos todas nuestras intimidades infantiles. Y como no, los  “teatros caseros”.   Teatros en los cuales a veces teníamos disputas y ¡cosa curiosa¡   no por ser actores principales ni secundarios, sino por ser los encargados del telón, ya que era un puesto de privilegio, figúrense la relevancia de ese  trabajo, sólo con pensar que al otro lado se cambiaban las chicas, con lo cual no es necesario ser más explícito. Y como no las canciones de corro ( yo tengo un castillo, don gato, la chata virigüela,  etc), las cuales interpretábamos bastantes veces en este salón.

¡Qué recuerdos nos traen estas canciones¡

Como ya dije, en la Sociedad convergían todos nuestros encuentro de fin de semana, sobre todo en la época de estudios  ya que eran los únicos y deseados  días  en los que nuestras ilusiones parecían cumplirse en los ratos de charlas,  contándonos nuestras anécdotas sucedidas en los días de ausencia, los chistes que íbamos aprendiendo, y como no, chismorreos surgidos esa semana.

Desde aquí también un recuerdo grato a los diferentes conserjes que tuvo este Centro, sobre todo por las perrerías y pequeñas ruindades que les hicimos pasar. Desde escondernos en el escenario sorteando las diferentes puertas unas por su parte y otras por nosotros evitando que nos atrapara, hasta la sigilosidad  con que nos colábamos a veces en los bailes, aunque muchas veces estos intentos eran baldíos dado que una vez dentro éramos localizados y … otra vez a empezar.

Me es muy grato recordar también, los dos postigos más célebres del pueblo cuando había asalto con motivo de alguna fiesta. Se preguntarán que cuales eran. Pues seguimos en esta Sociedad y eran  los dos de la ventana que tenía el salón del teatro  hacía nuestra llamada Plaza y que eran causa de disputa,  de empujones, y de contención urinaria porque si nos íbamos ya perdíamos las posiciones privilegiadas que tal vez ese día habíamos conseguido con esfuerzo. Pero,  ¿qué tenían de importante esas postigos?, ser un punto de observación  privilegiado para ver a nuestras orquestas del momento interpretando los últimos éxitos nacionales e internacionales y sobre todo el  ver a nuestros mayores bailando. Allí  muchos de nosotros, intentábamos emular mentalmente la forma de bailar y sobre todo el protocolo de invitación,  y ¡vaya si la conseguimos  cuando ya fuimos más adultos y  nos permitieron entrar al baile¡.

Creo que nuestra forma de invitar a bailar se  mantuvo idéntica a las anteriores generaciones, podemos decir que fue un calco de ellas:

  Primero tocaba la observación  de los bancos con las jóvenes del pueblo y las visitantes.

 Luego venía el proceso de  deliberación: ¡yo ésta , tu aquella, él la otra,……….. ¡

Después la mentalización y por último el más complicado  ¿ quién era el  valiente que se ponía al frente de la tropa para dirigir el ataque?:  ¡tu primero, luego él, después yo¡, ¡no, que no¡,  ¡primero tu y luego yo………¡. y así un buen rato, cuando terminaba el   precalentamiento y nos decidíamos,  allí iba todo el retén con murmullos a lo bajo diciéndonos ¡recuerda, tu aquella y yo la otra, no te olvides¡.

 Después de sortear parejas bailando, llegábamos al  objetivo y ¡oh, desgracia¡,  la pieza  había terminado. ¿Dónde meternos?, ¡qué vergüenza¡, ¡la culpa fue tuya por no entrar pronto¡ nos decíamos esas y otras bondades,  pero visto el éxito no nos quedaba más remedio que mantener las apariencias y   quedarnos en esa zona para empezar el ataque cuando se iniciara la nueva interpretación. Ya con el paso de los meses esa timidez se fue  superando y hasta  nos atrevíamos a recorrer la pista de lado a lado bien rufos y tunantes interpretando las canciones que nunca podían faltar en un buen baile.   

  ¡Qué años  más  entrañables ¡.

Este Centro también fue para muchos de nosotros,  además de donde aprendimos a bailar, de donde veíamos el cine, era también donde los domingos  después de misa y alguna tarde echábamos las clásicas partidas de truco, ronda, envite,  subastado,  napolitana, dominó. Costumbre que también hoy se ha pasado al olvido después de que  muchos de  nuestros mayores  fueran falleciendo  que quizás eran los que mantenían vivo los juegos de cartas tan variados que habían. Las generaciones posteriores no fuimos capaces de seguir con esa costumbre creo que  en parte debido a la salida del pueblo para residir en otros lugares. Pero siempre nos quedará  muchas de las enseñanzas de esos viejos   socarrones con sus triquiñuelas para engañarnos en el  juego. Eran auténticos tahúres no en la agilidad manual sino en la del léxico. Sus juegos de palabras te prestaban a confusión y a errar frecuentemente. Pero con el tiempo pasamos de aprendices y ahí se las cobrábamos con creces y con algún que otro enfado por su parte ya que pasaron de vencedores a vencidos.

¡Y qué decir del salón de la televisión¡, arriba en el sobrado ( como a veces le llamábamos). La carta de ajuste a veces se nos hacía larga (es que llegábamos antes de comenzar las emisiones para coger un buen puesto a la hora de sentarnos). Pero sobre todo lo peor y que más odiábamos era la dichosa lluvia del televisor, cuando mejor estaba la película venga a llover y enseguida a  llamar a  nuestro conserje de turno pues no podíamos perder lo más interesante. 

Allá se subían a la azotea y venga a orientar: ¡más a derecha, un poco más. ¡ Para, para ahí¡, ¡ espera, espera, no bajes aún que se puso otra vez mal¡, ¡un poco a la izquierda¡, y así cada dos por tres;  pero nos adaptamos a ello y si no se veía la tele,  hacíamos  nuestras pequeñas ruindades: a correr  o   a jugar en el sala.

 Habitualmente a uno le tocaba el  vigilar la puerta,  pero a veces se olvidaba de  que era el  vigía de turno y se sumaba al juego. Con la llegada  imprevista del conserje ¡a correr se ha dicho¡, ¡pies para que os quiero¡

 Nuestras salidas en caso de apuro era saltar hacía el solar que había junto a la antigua  iglesia  y que además recordarán  que era colindante con la Sociedad   y para lo cual incluso teníamos preparado una pequeña escalera de piedras.

Uno de esos días  en  que salimos a tropel, coincidió con que en la sala había bastante gente viendo la tele   y a la hora de correr tuvimos la desgracia que muchos fueron hacia  nuestra salida secreta  y por ella solamente podían bajar de uno en uno, pero era tanto el desespero porque venía  el conserje que algunos saltaron olvidándose de la pared habilitada y a Dios gracias que las malvas, cenizos y más hierbas  amortiguaron  el golpe, pero los menos atrevidos, entre los que me incluyo, nos tocó esperar en turno de escapada.

Como era de noche, ante nuestro desespero y como  parecía que no terminaban de bajar  nos cogimos del cable que llevaba la corriente del motor de la Sociedad hasta todo el recinto y ¡para que fue aquello¡, ¡no quiero ni acordarme¡, pues  el cable  estaba pelado y sin  ninguna protección en nuestra zona de agarre, imagínense como fue nuestra salida de la sociedad. A partir de ahí no quisimos saber más de  muro de la iglesia, ni de azotea de la Sociedad

Otra anécdota curiosa y quizás hoy graciosa pero que en su momento nos costó a algunos un gran disgusto fue cuando, de nuevo en nuestra especial sala de televisión,  nos pusimos, una vez más,  a jugar y correr entre las sillas y bancos que allí habían. Claro, como  de nuevo había que huir para evitar que te cogieran, algunos salieron corriendo por los escalones en dirección a la calle. Arriba quedamos unos pocos  y como era lógico o eso creímos, pensábamos  que los que bajaron tendrían que subir a seguir viendo la tele, y esa iba a ser su perdición. Pero la desgracia y la perdición fue para mí  y para algunos que quedamos en el sobrado.

 Unos se escondieron al fondo y a mí me tocó ser el vigilante  de la puerta. En esos momentos  pensé,  ¿y por qué no  además de vigilar,  atrapo algunos de ellos?, me llevaría todas las medallas. Dicho y hecho, así fue.  Oímos unos pasos subiendo  y ¡todos a sus puestos¡. El mío era detrás de la puerta, por tanto me tocaba atrapar al desdichado, y bien cierto que lo atrapé, me agaché y según entró me tiré a su pierna y allí quedé pegado como lapa de buena marea. Pobre de mí  y del resto, cuando levanto la cabeza,  la pierna que tenía agarrada era la del  conserje que con el escándalo que se oía desde la saja de juego de baraja que estaba debajo, vino a poner orden. Allí nuestras caras y la mía en particular, cambió de color en un instante y nuestra carrera escalera  abajo creo que sería hoy en día irrepetible,  sobre todo porque nos olvidamos del número de escalones que tenía.  Como pueden suponer desaparecimos del lugar ese día y algunos otros más para evitar males mayores.

Recordar también el  festival de la canción de Máguez, al que acudieron aspirantes a estrellas de toda la isla. Se hizo en nuestra recordada verbena, y para darle realce, que era como tenía que ser,  no sólo hicimos las clásicas banderitas con papel celofán y que luego las pegábamos con harina en los hilos de bala, como era habitual hacerlas para las fiestas,  sino que además cogimos las alfombras rojas de la iglesia ( tras previo permiso de nuestro párroco de turno) y las pusimos unas en el escenario y otra parte en el suelo, aquello parecía la celebración de los Oscar de Hollywood,  tuvimos hasta presentador de postín, creo recordar que  Juan Díaz, locutor de moda en la Isla en esas fechas.

Como no,  decirles que también en el pueblo un grupo fuimos contestatarios con nuestras autoridades tanto civiles como eclesiásticas, creo que sin quererlo, reavivamos algo del antiguo pleito Máguez/Haría. 

Un día nos reunimos y pensamos (creo que también en este salón de la Sociedad, tal vez estaría merodeando el espíritu de Fornas en ese momento¡), ¿por qué en Haría se hacían alfombras de sal y aquí no?, ¡esto no puede ser¡. Fuimos al cura y se lo comentamos pero  aunque no lo vio con buenos ojos, ¡nosotros para adelante¡. Hablamos  con el alcalde y nos puso una carretada de sal con la que se elaboraron algunas alfombras. Así durante algunos años se estuvieron haciendo también en Máguez

Igual  sucedió  con el día de navidad,  ¿en Haría sí y aquí no?. De nuevo nos movimos, nos pusimos a  buscar sábanas para túnicas, a cortar cartones para los gorros de romanos, pìrganos con puntas de cartón imitando lanzas, etc y así se logró que en Máguez se hiciese también esa representación.

Está claro el dicho de “que querer es poder”.

También el  Teleclub teníamos que ponerlo a funcionar como entidad cultural, educativa o lo que fuera. Buscamos locales y logramos que nos cedieran una de las escuelas de abajo (en la que se hace las votaciones en los días de elecciones). Cada semana había que ir a traer cartones de huevos de una pastelería. Así durante muchas semanas hasta que logramos cubrir todo el local para insonorizarlo. Había que pintar los cartones para que luciera bonito y con buena apariencia. Pedimos un compresor al Cabildo  y a pintar cartones sin tener ni idea del funcionamiento de ese aparato, pero los resultados fueron aceptables. Además conseguimos equipo de música, televisor y algunos libros para la biblioteca y se hizo una inauguración con orquesta en el patio central de las escuelas. Pero como tantas cosas la continuidad fue efímera sobre todo por nuestros problemas de estudio y trabajo.

Todo esto que les relato con un poco de humor,  para  nosotros representaba muchísimo, sobre todo el encontrarnos un gran grupo de jóvenes para hablar,  sacar ideas nuevas, contar anécdotas, es decir convivir  y por consiguiente darle vida al pueblo.

Pero, nos vamos haciendo más adultos, nuestras vidas ya tienen otros destinos y nos toca repartirnos por diferentes puntos de nuestra geografía insular e interinsular. Algunos salimos a otra isla para terminar nuestros estudios superiores  pero en mi caso con mi mente siempre en mi querido pueblo de Máguez.

Permítanme que aproveche este pregón no solamente para darle las gracias a nuestras Autoridades Municipales  y a la Directiva del Centro Democrático por tener esta deferencia hacia mi persona, sino también para tener un recuerdo muy grande  a mis padres y hermanos  por inculcarme el amor a esta   tierra, vida de nuestros ancestros, pero  también  por  enseñarme que había que complementarlo con una formación académica  porque la sociedad iba cambiando y era necesario para labrar nuestro futuro. Otro enorme recuerdo hacia mi hermano José Luis (ya fallecido), persona amante de las tradiciones y que nos  hizo vivir y conocer   a muchos jóvenes de este municipio la pasión por  nuestro folclore, en esas veranos y demás vacaciones, en los cuales y  precisamente en esta Sociedad nos enseñaba a bailar Isas, folías, malagueñas,….. acompañados de un viejo tocadisco que hacía las veces de parranda.

Siempre le agradeceré el haberme abierto la puerta hacia una de mis grandes pasiones,  a la cual posteriormente he dedicado más de la mitad de mi vida. Creo que si algún día se descubren los cimientos de la  A.F.  Malpaís de la Corona, en la primera piedra,  allí deberá aparecer su nombre.

No quiero olvidarme en este día de innumerables recuerdos, uno importantísimo  al que dediqué 33 años,  con  muchos  momentos fantásticos, con innumerables amigos, algunos ya fallecidos pero que también pusieron una pequeña semilla para que llegara a convertirse el algo que siempre consideraré muy grande, y que es la A.F. “Malpaís de la Corona”. Esa convivencia durante tres décadas  con muchos de este  y otros municipios,  te  marcan para siempre. Para ellos también mi recuerdo.

Para mi esposa e hijo porque han sido siempre cómplices de ese regreso al pueblo y de muchas de las actividades en las que he participado.

A los vecinos y amigos/as del pueblo,  a los que gracias a ellos  pude realizar todo lo mencionado: las vivencias,  las anécdotas, es decir todos esos  momentos de buenos recuerdos y a los que he obviado sus nombres para evitar olvidarme de algunos.

Para terminar desearía que por unos momentos  seamos todos pregoneros, es decir trasmitamos a las generaciones venideras esos conocimientos  que tenemos guardados y que estoy seguro que sabremos   moldear y adaptarlo a este siglo,

 Un pueblo culto es también aquel que recoge y  trasmite todo el legado de nuestros ancestros.

Dejo mi última mención para  Santa Bárbara.

A nuestra querida y protectora Santa

Que también lo es de artillería

Gracias por mandarnos el agua

¡ y no te olvides de la lotería¡

 

¡Querido pueblo de Máguez, gracias por escucharme¡

 

 

 

 

 


 

 
 
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Autores:  Oscar Torres  y  Jesús Perdomo