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REFERENCIAS HISTÓRICAS DE MÁGUEZ

 

       

Las fiestas de antaño
Por Gregorio Barreto Viñoly
 

         Al atardecer, los preparativos de la fiesta estaban a punto. El encargado de tirar los cohetes y fuegos artificiales buscaba un sitio apropiado desde donde lanzarlos. Su objetivo principal, dar brillantez a la diversión nocturna: el baile. Las abuelas preparaban, con lo poco que a veces tenían, riquísimos productos: truchas rellenas, panecitos horneados, etc. Los niños reboteaban de un lado a otro del pueblo, inquietos, presagiando que ese día iba a ser grande, mejores que los anteriores trescientos sesenta y cuatro. Todos los habitantes del pueblo se disponían para la alegría de esa noche con la celebración de la fiesta del lugar.

         El dueño de la casa-salón estaba preparado. Las paredes y lugares cercanos se encontraban engalanados con pequeños banderines y multiformes papeles colgantes, con alguna que otra bombilla o farol. Le había llegado a tiempo la autorización para celebrar el baile en su local, ayer se lo trajo del Puerto de Arrecife un compadre.

           Todos se reunían en el interior de la casa-salón hasta que llegaba la parranda que estaba invitada por el dueño del local,- tanto para tocar como para tomar los aperitivos que allí se encontraban sobre una mesa en el lateral del salón. 

           Y empezaba lo fiesta al toque de guitarras y timples. Los vecinos y algunos visitantes se arrancaban a bailar. También se cantaba. Era digno de observar las diputas nobles, de ver quién era el que mejor bailaba, cantaba raro el que una nueva voz despuntaba, desbancando a las demás, un deje suave y armonioso que levantaba el ánimo de todos. Entre alegrías, los bailes y las diversiones, controladas por las comadres ante posibles «sólidas» de algunos, la fiesta continuaba. 

          Era un momento único.  Todo el pequeño pueblo participaba en esta exaltación festiva, se abandonaba por un día lo preocupación del quehacer duro y constante.

        Pero, un día, los vecinos de este pueblo intentaron olvidarse de esta fiesta, de esta alegría sana. Alegaban que eran otros momentos, que no había tiempo para la fiesta, para la amistad y para lo diversión compartida. ¡No! Ese día nunca existió ni existirá. Hoy como ayer, el pequeño pueblo se despereza, vive y duerme cada año esperando ese día, el día de la fiesta, el del baile, el del posible estreno de alguna prenda, el de la unión del pueblo. Porque ese día no desaparecerá nunca del corazón de los vecinos de este pueblo pequeño y grande a la vez: Máguez.

 
 
 
 
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Autores:  Oscar Torres  y  Jesús Perdomo