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La Capellanía de Máguez

 

   

Por  Manuel Antonio Berriel Perdomo

 

A lo largo de los años se ha hablado en multitud de ocasiones, por uno u otro motivo, de la Capellanía, de la Capellanía de Máguez, pero sin detenemos en pensar el por qué de este nombre.

    
Cuando se menciona este paraje, situado en las laderas de la montaña de Gayo, nos viene a la memoria como un lugar donde se ha venido extrayendo la "arena o picón negro", el "lapille volcánico", con el que se cubren los campos de Lanzarote, en la peculiar y singular acción del enarenado.

     En el recuerdo está el camión de Ventura Acuña con Feliberto al volante, el de Feliciano, Fernando, los hermanos Ramírez o Melo Nieves, transportando el preciado material, que alguna ocasión se le llamó el "oro negro de Lanzarote", por su trascendental importancia para la agricultura de la Isla, a través del camino de El Valle, Tahoyo y la Casa Atrás, dirigiéndose a cualquier punto del municipio y en las últimas cinco décadas hacía la Montaña y el pueblo de Los Valles.

     ¿Pero qué es la Capellanía? No recibe este nombre de ningún elemento físico ni de la actividad que allí se ha desarrollado, al parecer desde el momento en que se percató el agricultor de los beneficios de esta arena, la mejor en calidad, para los cultivos.

     Su nombre viene atribuido por el destino del conjunto de los bienes que configuran esta zona.

     La Capellanía es una figura jurídica, a la que se le aplicaba disposiciones canónicas y civiles. Ha sido definida como "una fundación perpetua hecha con la obligación aneja de cierto número de misas u otras cargas espirituales, en iglesia o altar determinado, que ha de cumplir el obtentor en la forma y lugar prescritos por el instituyente, percibiendo por su propio derecho las rentas que constituyen su dotación".

     En el derecho general canónico se le da este nombre a las constituidas en altares o templos particulares o separadas de toda otra iglesia y a las encerradas en el recinto de una iglesia, que contiene otros altares o capillas, capellanías.

     Su origen se desconoce, aunque ya se habla de capella en Francia en el siglo VII,
se generaliza posteriormente y crecen con el descubrimiento de América, influyendo en ello el deseo de los fieles de dedicar capitales traídos de aquel continente a actos de piedad, que conservaran al mismo tiempo su memoria. El interés por su fundación llegó hasta el siglo XVIII, sin embargo ante el abandono a que había llegado el destino que se le daba a su dotación (familias pobres y socorro de enfermos) Felipe II, concretamente en 1593, a instancia de las Cortes, manda que los Prelados no inciten a fundar Capellanías de sus patrimonios. Carlos IV dicta una Real resolución prohibiendo constituir Capellanías sin licencia o consulta de la Cámara. En 1798 se invita a los Arzobispos y Obispos a que promovieran, por el bien del Estado, a la enajenación de los bienes correspondientes a las capellanías colectivas u otras fundaciones eclesiásticas, poniendo su producto en la Caja de amortización.

     No dando resultado esta medida, Pío VII el 14 de junio de 1805 concedió autorización para enajenar las capellanías y aliviar las necesidades del Reino. Se extinguieron la mayor parte de las capellanías y las restantes fueron objeto de las Leyes desamortizadoras de 11 de octubre de 1820, que prohibió su fundación, y la de 19 de agosto de 1841, que extingue las no vendidas en virtud de aquella amortización

    
No es el momento de entrar en consideraciones sobre los distintos aspectos de las Capellanías, de amplio contenido, como puede ser la escritura de fundación, su clasificación y subdivisiones, según lo diversos factores concurrentes e importe de la renta anual, las normas por las que se regían (colectivas o eclesiásticas y laicales), el que la instituye, la elección del capellán por los patronos, la adjudicación de los bienes a los parientes del fundador (con la obligación de cumplir las cargas civiles y eclesiásticas a que estaban afectos), las vacantes y la conmutación e inscripción en el Registro de la Propiedad, a cuyo efecto el art. 11 del Reglamento Hipotecario de 14 de febrero de 1944 Señala que "serán inscribibles las sentencias declarando la propiedad de los bienes inmuebles de capellanías colectivas extinguidas o el mejor derecho para la conmutación de las existentes".

    
Dicho esto volvemos a la Capellanía de Máguez, lugar que precisa de una mejora y arreglo de toda la zona, afectada por la extracción de muchos años, que ha agotado prácticamente la arena, y, particularmente en las dos últimas décadas por los medios empleados: palas mecánicas y camiones de grandes dimensiones, así como un destino no agrícola sino de empleo en la construcción, muchas veces no precisamente de la zona.

    
El objeto de este escrito es concretar porque a la ladera de Gayo, en su vertiente hacia Tahoyo, se le conoce como la Capellanía: conjunto de bienes, de los que se percibían sus rentas con la obligación de decir misas u otras cargas espirituales en una iglesia o altar determinado, según lo prescrito por el instituyente, por su alma o la de los parientes señalados.

    
A manera de ejemplo puede citarse la "Capellanía otorgada, por el capitán Don Rodrigo Peraza y Ayala, vecino que fue del lugar de Haría en otra isla el nueve de enero de mil setecientos treinta y nueve ante Don Nicolás Clavijo y Álvarez, señor párroco de otra isla, con la obligación de decir cada año doce misas rezadas en el altar del Santísimo Cristo, dos a Nuestra Señora de la Encarnación en su día, seis en los seis viernes de Cuaresma y las cuatro por el mes de noviembre todas por el Alma de Don Juan Perdomo, la de sus padres y parientes y nombró por primer capellán a Don Pedro Miguel Feo, presbítero, y a falta de este a sus herederos y por la de estos y de los hermanos de otro Don Rodrigo Peraza y a los hijos y descendientes del susodicho y a los del capitán Don Fernando Pereza, y a falta de unos y otros a los hijos de Sebastián Martín, y sus descendencias y por la de estos a los de Marcial Martín, los de Don Francisco Melián, y los de Alonso de Cabrera y su descendencia y a falta de todos a los parientes más propincuos de otro capitán Don Jun Perdomo, y los del expresado Don Rodrigo Peraza y no habiendo de las otras sucediese un hijo de la Pila de la Iglesia, con preferencia del varón a la hembra y de mayor a menor, y que en las vacantes de esta Capellanía los Patronos gozarán los Bienes de ella con obligación de mandar decir las mismas, y que otras capellanes han de ser obligados a asistir al Coro con sobrepartir en otra Iglesia de Haría todos los días festivos, pudiéndolo hacer sin grave incomodidad y que se han de ordenar de sacerdote luego que tengan edad para ello, y no haciéndolo pase la Capellanía al siguiente llamado, lo que se entendiese también en caso de que al Capellán entre en Canojía Beneficio u otro titulo de S.M. para cuya constitución señaló los bienes siguientes:

    
Primeramente una Suerte de tierras labradías donde llaman los Tablones de la Atalaya Grande, que linda por una parte con el Risco, por la otra con tierras de los Herederos de Baltasar de los Reyes, por otra con tierras que tocaron a otro capitán Don Rodrigo Peraza y por la otra con los Blanqueos de la Atalaya grande.

        
Idem otra Suerte de tierra labradía en la vega chiquita, que linda por
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Autores:  Oscar Torres  y  Jesús Perdomo