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Máguez

 

OBRA ESCOGIDA LANZAROTE

Por. Agustín de la Hoz

Servicio de Publicaciones Cabildo Insular de Lanzarote.

Desde el caserío de Ye al pueblo de Máguez hay un buen tramo montuoso, que encarna la delicia más apetecida por el viajero. Los paisajes cambian conti­nuamente, verdaderas maravillas de color y matices según las horas del día. Por esta comarca norteña, a la que hace más de trescientos años llegaron los moros para razziar impunemente, se ven edificaciones de típica construcción mozárabe, viejos y solariegos edificios que aguardan al historiador de la arquitectura mora-cristiana de Lanzarote.

Dejando tras sí al volcán de La Corona, que ahora se destaca trágicamente, llega uno a las Peñas del Agne, cuyas extrañas resquebrajaduras parecen prontas a deshacerse a la menor brizna de viento. Desde estos cerros tortuosos, desigua­les, se ve la tierra como un gran Belén de paz y tranquilidad, no sin algo de miste­rioso deleite al contemplar en la lejanía un mar de ensueño, profundamente azul, en el que rebaños de nubes blanquísimas parecen pastar. Cerca verdean las lade­ras de Los Helechos, y la montaña de Los Llanos traspone desnuda, gris-azulada, hacia el malpaís de Máguez, que se inicia con las tristes Peñas de Los Cardos. Y al fondo, acá de la costa de Poniente casi paralelo al riscadero del Gallo, se abre y se despereza el blanco caserío de Máguez, que acaso no sea hoy más que una prolongación del bello pueblo de Haría. Llegar a Máguez sorprende por la verdadera explosión vegetal que lo abraza. Todo parece estar impregnado del ver­de primero, suave, fresco y uniforme; toda la labrantía se alinea según el acabado trazo de los testes, que van trepando lomas y laderas con inverosímil agilidad; todo en Máguez es un canto a la geometría hecha surcos, o trazos rectangulares, o semicírculos perfectos, mientras la tierra antoja estar invadida de alegres y fe­cundas promesas. Entre montañas se ven los frutales, y árboles añosos, entre los cuales hay abundante caza de perdices, y viejos rumores que hablan misteriosa.. mente de las sangrientas rapiñas llevadas a cabo por los moriscos, que por estas alturas lanzaroteñas se hicieron fuertes contra las reducidas fuerzas de don Agus­tín de Herrera, gran cristiano y excelente castigador de los infieles. Se dice que el valiente Marqués de Lanzarote, entre el estrépito de alfanjes y cimitarras, can­taba báquicas canciones para estimular su peculiar y alegre valentía. Las viejas consejas de Máguez proclaman que prestando gran atención puede oírse todavía, taumatúrgicamente exhumada, la cantiga de don Agustín:

«Los soberbios alcázares alzados
en los latinos montes hasta el cielo,
 anfiteatros y arcos levantados
de poderosa mano y noble celo,
por tierra despartidos y asolados
son polvo ya que cubre el yermo suelo...».

Si bien es verdad que tales versos pudieran haber sido inspiración del fla­mante Marqués de Lanzarote, no menos cierto es que los dichos son originales de Pablo de Céspedes, nacido en 1538 y muerto en 1603, dos años más joven que don Agustín de Herrera, quien pudo conocer el poema de Céspedes titulado «El arte de la pintura» y al que pertenecen los versos que las consejas de Máguez po­nen en boca del primer Marqués de Lanzarote.

Las casas de Máguez conservan el tipismo de la primitiva arquitectura cana­ria, y parecen edificios adecuados para luchar contra factores desfavorables de la climatología, en Lanzarote innecesarios por inexistentes. El objeto principal de estas casas antoja estar basado nada más que en la salvación de las cosechas, con sus graneros altos, y sus barbacanas al modo mozárabe. Como típica cons­trucción ahí está la iglesia de Santa Bárbara, guarnecida por una enorme barbacana, más propia de fortaleza moruna que resguardo apropiado. Tiene este muro un grosor considerable, con arco y calvario encima, cuyo portalón herrado es digno de estudiarse. Todo el patio interior está poblado de mimosas y geranios floridos contrastando todo con la humilde edificación de la ermita que preside la Virgen de Nicomedia.

El hombre de Máguez es un tipo raro y enconado de empeños. Se marcha de Máguez, a pesar de la buena tierra, no para nuevos mundos donde hacer for tuna, sino al Puerto del Arrecife para abrir bares de pescado frito y vino bautizado. La capital de Lanzarote anda repleta de bodegones de Máguez, de tal cual «café» de Máguez, o de pensiones de Máguez. Acaso en Arrecife viva más gente de Máguez que de cualquier otro pueblo. El hombre de Máguez siente un miedo profundo por el futuro y no quiere quedarse en su casa, ni en su buena tierra, porque cree a machamartillo que en Arrecife hace dinero llenando de vino los estómagos de los roncotes. Y así es, en efecto. El hombre de Máguez, en su dramático ­huir del campo, lo vemos día y noche despachando vino, dorando en la sartén en olorosas menudencias del mar, lavando y fregando, y haciendo camas en las que él no se acostará nunca. Es que este hombre se desvive por hacer unas perras, cuantas más mejor, aunque eso signifique pérdida de salud. Se priva de toda distracción, de toda tranquilidad, con tal de poder contar a fin de mes con un  par de duros libres de polvo y paja. En fin, el hombre de Máguez vive murien­do a brazo partido en medio de la agónica incertidumbre que para él significa el futuro. Empero, cuando la suerte les sonrió fácil, o pronta, se les suele ver gan­duleando, pero sin gastar una sola gorda de sus sacrosantos ahorros. Ni fuman ni beben de su bolsillo, aunque fuman y beben cuando Dios les hace alguna mer­ced de manos ajenas.

Empero, la mujer de Máguez afronta el vacío que deja el éxodo del varón y con el espinazo doblado sobre la tierra cumple la dura faena cotidiana. Por eso, muy de mañana, se asombra uno de ver recuas de alegres mozas madrugadoras, que cargan los instrumentos de labranza para hacerse más fácil la labor, indispu­tablemente propia de hombres, de esos hombres a los que la tierra paradora de Máguez no acaba de enamorar. El paisaje se embellece y por dondequiera pasan dromedarios basculantes con sus respectivas rastrillas de hierro, que luego arras­trarán tardos y tontivanos haciendo la escarda en los enarenados que todavía no tienen semilla. Más allá, en una parcela que parece colgada de una loma, varias mujeres, de cara a la tierra, cumplen con la máxima evangélica, cual es la de se­parar a tiempo la mala hierba de la buena mies, porque la pobre mujer de Má­guez sabe además que de esa mies habrá de comer pan durante todo el año.

Los enarenados del norte insular son ricos, y en ellos se cultivan milagrosa­mente aquellos productos que siempre necesitaron grandes volúmenes de agua, que en Lanzarote no existen. La alfalfa de Máguez resulta una producción mila­grosa, aunque los rendimientos no sean tan óptimos como donde se cultiva con regadío. Sorprende además el cultivo de la patata de verano, imposible en otros lugares de la isla porque las condiciones climatológicas lo impiden. Máguez cul­tiva la patata en gran escala, gracias al esfuerzo de su mujer laboriosa, que no escatima agobio con tal de ver a principios de julio la pulpa hermosa asomando entre la tierra. Pero, sin embargo, lo que tiene y da más fama a Máguez es la papa de Navidad, o temprana, cuyo sabor es imprescindible para el compuesto de los cabritos recién nacidos que se comen la Nochebuena. Esta papa de Navidad es tan estimada que se agota casi sobre la misma tierra, adonde van a buscarla po­bres y ricos dispuestos a celebrar con buena cena la venida de Nuestro Señor. ¡Qué tierra ubérrima la de Máguez sin recibir amor de sus hombres! Ahí está ese pe­queño y delicado ejército de mujeres minando el suelo, entretanto sus «gallegos» se van por esos mundos con la rara ilusión de abrir en cualquier sitio un «café» un bodegón o una pensión. ¿Vuelven al campo? Pocas veces... Acaso, viejos y fra­casados.

En cada casa de Máguez hay prácticamente una viuda, siempre al atardecer sentada delante de la pequeña puerta, rodeada de geranios y de nopales, soñando la tierra que sus manos enguantadas de mahón han trabajado:

«se arregla las puntas del pañuelo
 y carraspea un desgarro».

¡Santa mujer la de Máguez, que soñando al varón lejano logra sustituirlo para fecundar a la buena tierra!

 
 


 
 
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Autores:  Oscar Torres  y  Jesús Perdomo