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LIBRO: TIERRAS SEDIENTES

Por Francisco González Díaz- 1921

Nos asomamos a contemplar el valle de Maguez, que se despliega, muy próximo a Haría, como un magnífico tapiz color esmeralda; más bien, como una serie de tapices en gradaciones o degradaciones del mismo tono.

Encuadrado entre colinas graciosas, suave oleaje del terreno, palidece bajo las moribundas luces de la tarde. Una Arcadia feliz. Otro rincón de calma seductora y fausto vegetal amenizando la esquivez de los eriales de Lanzarote.

Las sombras caen con suprema melancolía, se derraman lentamente sobre el valle escondido que recoge las postreras luminosidades purpúreas, último beso del sol. La muerte del día es solemne—ya lo he dicho,—en estas planicies regadas de lava, entre la paz de un cielo alto, profundo, vidrioso, y el silencio de una tierra huraña, muerda de sed. Pero aquí, ante Maguez, en medio de los campos cultivados y alegres que elevan cien rumores, cobra la puesta solar una pompa escénica, indescriptible... El espacio está claro, las co­sas muéstranse bañadas en tina luz dulcísima que, al agonizar sin estertores, tiene el encanto prometedor y generoso de un hasta luego. ¡Un bell morire! No se experimenta la angustia de esas despedidas crepusculares que, en las regiones devastadas e inhabitadas de la isla, dan ganas de llorar.

Siguiendo a una pareja de uncidos camellos, grave y digno como un patriarca hebreo, pasa junto a nosotros un labrador. Lleva el arado a cuestas  como una cruz, nos dirige una larga mi­rada que parece una súplica, y nos saluda, ceremonioso:—Santas y buenas. Buenas y santas, le respondernos. El hombre primitivo se detiene a encender un cigarro, con la misma pausa que pone en  todos sus actos, en todos sus movimientos cual si nunca tuviera prisa.

Y no la tienen, en efecto, los campesinos de Lanzarote. Su actitud es de expectación, de contemplación. Esperan la lluvia, esperan la cosecha, sin impacientarse. La costumbre de esperar resignados les da no sé qué aspecto de estatuas que se movieran por modo milagroso. Cuando caminan llevan el mismo paso de los dromedarios calmosos, creyérase que tienden a la yacencia meditativa.

Ha llovido,—nos dice con la misma expresión que podría decirnos:---iEureka! Dios ha hecho un milagro.

Por la mañana habían caído cuatro gotas. Lágrimas perdidas. Ni humedecieron nuestros rostros, ni las aprovecharon las sementeras....

 
 


 
 
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